Durante bastante tiempo pensé que la semana más peligrosa de una campaña de cuentas era la última de julio.
Supongo que es una conclusión bastante natural. Es cuando vence el plazo, cuando empiezan las llamadas de última hora y cuando cualquier incidencia parece más grave de lo que realmente es. Si alguien me hubiera preguntado hace unos años, probablemente habría respondido eso sin pensarlo demasiado.
Ahora no estoy tan seguro.
De hecho, mirando hacia atrás, muchas de las campañas que recuerdo como complicadas no se torcieron en julio. Cuando llegó julio ya estaban torcidas. Lo que pasa es que todavía no lo sabíamos.
Hay una fase bastante más peligrosa que suele pasar desapercibida. No tiene una fecha concreta porque depende de cada despacho, pero normalmente cae en algún momento de junio. Todavía no hay sensación de urgencia. Todavía parece que hay tiempo. Las primeras sociedades ya están avanzadas, algunas incluso presentadas, y el equipo tiene la impresión de que la campaña va razonablemente bien.
Y precisamente ahí es donde empiezan a aparecer los problemas.
No porque ocurra nada especialmente grave. Al contrario. Lo peligroso es que todo parece normal.
Las cuentas están cerradas. La documentación está bastante avanzada. Los clientes empiezan a firmar. Los expedientes empiezan a moverse. Desde fuera parece que la campaña está cogiendo velocidad.
Pero si miras con detalle, empiezan a aparecer pequeñas grietas.
Hay una certificación que se preparó hace semanas y que nadie ha revisado desde entonces. Hay un cliente que todavía no ha firmado, aunque todos pensaban que sí. Hay una sociedad que está «prácticamente terminada», una expresión que, por experiencia, suele ser bastante más peligrosa de lo que parece. Hay un defecto pendiente de revisar cuando haya un rato. Hay una modificación que alguien comentó por teléfono y que quedó apuntada en algún sitio.
Nada de esto preocupa demasiado cuando aparece.
El problema es que nunca aparece una sola cosa.
Aparecen veinte.
Y durante unas semanas siguen siendo lo suficientemente pequeñas como para no llamar la atención de nadie.
Creo que además los abogados tenemos cierta tendencia a subestimar este tipo de problemas. Nos sentimos cómodos con las cuestiones jurídicas porque estamos acostumbrados a ellas. Sabemos cómo preparar una certificación, cómo subsanar un defecto o cómo interpretar una norma mercantil. Eso rara vez genera dificultades reales.
Lo que suele generar dificultades es algo bastante más prosaico.
Saber qué expedientes requieren atención hoy.
No esta semana. No este mes. Hoy.
Porque cuando gestionas pocas sociedades esa información la tienes en la cabeza. Te acuerdas perfectamente de quién falta por firmar y de qué expediente te preocupa más.
Cuando el volumen crece deja de funcionar así.
No ocurre de un día para otro. Simplemente llega un momento en el que ya no recuerdas las sociedades individualmente. Empiezas a recordar estados. Pendiente de firma. Pendiente de revisión. Pendiente de presentar. Pendiente de subsanar.
Y cuanto más avanza la campaña, más difícil resulta distinguir qué expedientes están realmente avanzando y cuáles llevan días o semanas sin moverse.
Por eso cada vez me cuesta más pensar que el riesgo de una campaña esté en la última semana de julio.
Cuando llega esa semana, normalmente todo el mundo sabe que está en campaña. Todo el mundo revisa. Todo el mundo pregunta. Todo el mundo está atento.
La fase peligrosa suele ser anterior. Es esa etapa en la que todavía parece que hay margen para todo y en la que empiezan a acumularse pequeñas tareas pendientes que nadie considera prioritarias.
Curiosamente, muchas de las conversaciones que tengo con despachos después de una campaña difícil suelen acabar llegando al mismo punto. No recuerdan un gran error. No recuerdan una catástrofe concreta. Lo que recuerdan es una sensación de pérdida de control progresiva. La impresión de que cada vez costaba más saber exactamente qué estaba pasando con cada expediente.
Y cuando esa sensación aparece, normalmente ya lleva tiempo gestándose.
Por eso, si tuviera que señalar una semana realmente peligrosa para una asesoría, probablemente no elegiría la última de julio.
Elegiría esa semana aparentemente tranquila de junio en la que todo parece ir bien y nadie tiene todavía motivos para preocuparse demasiado.
Porque es precisamente ahí donde suelen empezar a construirse los problemas que acabarán apareciendo varias semanas después.